jueves, 9 de marzo de 2017

Bariloche y Villa la Angostura

Lago Guillelmo


Vistas desde el hostal
El 6 de febrero, 10 días después de salir de Esquel con intención de llegar rápido a Bariloche, llegaba al hostal Bariloche Inn después de un interesante viaje con Fernando, un ingeniero nuclear medio trastornado. Allí pasé 2 días conociendo un poco el centro de la ciudad e intentando ir a visitar los lugares más turísticos pero fue imposible porque justo esos días la compañía de buses estaba en huelga, así que decidí seguir a dedo hacia Villa la Angostura, donde esperaría a Mathieu, un athleticzale de Biarritz, con el que habíamos planeado recorrer la Ruta de los 7 Lagos en un carro alquilado.





En Villa la Angostura pasé unos días descansando en un camping, conociendo la zona, bañándome en distintos lagos y comiendo bien hasta que Mat me dijo que había gestionado un contacto que nos dejaría pasar unos días durmiendo en su sofá en Bariloche.


Con Mat y Jessi en Bariloche



 Nada más saberlo me tomé un micro (bus) para encontrarme con Mathieu y con Jessi, una chica super agradable que nos adoptaría en su casa por algo más de una semana. Lo primero que hicimos fue subir al Cerro Campanario, desde donde hay unas vistas espectaculares a toda la zona de lagos.
Desde el Cerro Campanario

Más tarde nos llevó a Konna, un bar pequeño pero con muy buen ambiente, a tomar unas cervezas artesanales muy buenas con su grupo de amigos de Couchsurfing (plataforma en la que se ofrece alojamiento gratuito para viajeros) mientras veíamos un concierto de Jazz en la calle. Solo llevaba unas horas pero ya habían sido mucho mejores que mi primera visita a Bariloche.

Los siguientes días, con paciencia porque los buses solo hacían servicios mínimos por la huelga, pudimos ir a visitar la zona del Llao-Llao, la cervecería Patagonia y un par de playas en los lagos. Aprovechamos también para cocinar en casa, descansar, conocer la ciudad tranquilamente y planear el viaje a la Ruta de los 7 Lagos.
Llao-Llao

Desde cervecería Patagonia



martes, 7 de marzo de 2017

Parque Nacional de los Alerces y El Bolsón.

El plan que tenía cuando salí a hacer dedo en Perito Moreno era llegar a Bariloche en un par de días, pero varios de los que me levantaron por el camino me dijeron que antes tenía que parar a conocer el Parque Nacional de los Alerces Milenarios y después El Bolsón, así que, como casi siempre, mi plan de viaje cambió de la noche a la mañana.

Después de unos momentos de tensión por haber intentado sacar plata de 4 cajeros distintos sin éxito, por fin lo conseguí y salí a la carretera para ver si alguien me acercaba al Parque de los Alerces.

Tras más de 3 horas de espera entré al Parque en el carro destartalado de un chaval que, entre otras cosas, me contó lo que fue la Conquista del desierto en Argentina (no me suena haberlo estudiado en el colegio). Alucinado por el tamaño del Parque (259 570 ha!!), me quedé en el primer camping libre que encontramos. Nada más llegar le pregunté a un tipo a ver como funcionaba eso; si había baños, donde podía comprar agua y algo de comida... Me explicó lo que era un camping libre y que por lo tanto allí no había ninguna de esas comodidades.

Lago Futalaufquen (a 10m. de mi carpa)

Me invitó a comer con dos amigas con las que estaba y después, como ellos ya se marchaban, me regalaron muchísima comida que les sobraba, leña, cubiertos y ¡hasta una olla especial para cocinar en fuego! (me contaron que fue de un soldado yankee durante la guerra de Vietnam). Se puede decir que me salvaron de una buena, porque al pensar que iba a un pequeño parque nacional a pasar la tarde o, como mucho, una noche, solo llevaba algo de frutos secos, unas sopas y alguna galleta.

Mi campamento


Pasta a las brasas en mi nueva olla
Despues de un txombito en el lago que tenía a 10 metros de la carpa, me cociné unos espaguetis que me supieron a estrella Michelin y me fui pronto a dormir. Al día siguiente, después de un cafecito caliente (la noche había sido muy fría) y un buen bañito salí a la carretera para seguir recorriendo la zona. No fue una experiencia nada agradable por el solazo que pegaba, el polvo que se levantaba cada vez que un coche pasaba y lo largo que se hizo hasta llegar a otro camping libre (80 km.en más de 4 horas).





Éste estaba en Playa El Francés, un lugar apartado de todo con un lago precioso desde el que se veían los glaciares de las montañas que lo rodeaban. Ahí hice el mismo plan que el día anterior, un par de baños en el lago, ir a recoger leña, hacer el fuego, cenar y pronto a la carpa. Al día siguiente tocaría otra paliza de viaje para salir del Parque, sin haber visto ni un alerce, pero habiendo disfrutado y desconectado muchísimo.




Vistas desde Playa El Francés


Vistas que amenizaban la pateada
Ya fuera, 5 horas después de haber salido del camping y viendo que caía la noche sin que nadie me quisiera llevar hacia el Bolsón, agarré (me he tenido que acostumbrar a no decir "coger" en Argentina) un bus. Cuando llegué, el pueblo estaba de fiesta y en el hostal, nada más llegar, un argentino con un lauburu tatuado en la espalda me invitó al asado que estaban comiendo y a unos Fernet-cola (pócima tipica argentina). No me podía quejar de recibimiento.

Un par de días después, me moví a un camping donde encontré a Cyril, el francés que conocí en El Chaltén. Me contó que había un festival de música con muy buena pinta en Lago Puelo, así que ya tenía plan para el finde.

Cartel Festival Lemun
El festival Lemun, antes conocido como el Moonflower, es un festival de música "psy-trance" (música que no había escuchado antes y no sé si volveré a hacerlo) de 3 días en la montaña. El ambiente la primera noche fue muy bueno y la música no me disgustó, pero los días siguientes la tralla fue "in crescendo" hasta el punto en el que me di por vencido y tuve que hacer una bomba de humo y volverme a El Bolsón a descansar los oídos.

¡No a la venta de las tierras mapuches!

viernes, 3 de marzo de 2017

RUTA 40



Durante las 10 horas de trayecto de Esquel a Perito Moreno charlé mucho con Mabel, pero aún así se hizo bastante duro, ya que el paisaje era muy monótono (tierra seca y algún que otro guanaco), el coche no tenia reproductor de música ni aire acondicionado (es muy necesario si estas recorriendo un desierto con el sol golpeando durísimo durante tanto tiempo) y además la noche anterior me había acostado a menos diez.

GUANACOS CRUZANDO RUTA 40
GUANACOS CRUZANDO RUTA 40

La idea de la señora era ir acompañada porque le daba miedo quedarse dormida en el camino, así que tuve que hacer milagros para no quedarme frito. Fue inevitable que se me cerraran los ojos y que cayera en un sueño profundísimo aunque fuera solo por intervalos de uno o dos minutos cada vez que me ocurría. Aun así parece que lo supe disimular bien con las gafas de sol y la señora acabo encantada con mi compañía.

LA INTERMINABLE RUTA 40
LA INTERMINABLE RUTA 40

Me dejó en un pueblito en medio de la nada llamada Perito Moreno, donde pasé la noche en casa de unos señores a la que le habían puesto un cartelito que decía "hospedaje", que era lo único que podía hacer pensar que un viajero pudiera dormir ahí. Tenían un par de camas de sobra y una duchita minúscula que solo se podía usar unas pocas horas al día.
Afortunadamente solo tuve que pasar ahí una noche y por la mañana, temprano, salí a hacer dedo a la carretera, sin saber muy bien a lo que me estaba enfrentando. Por delante me esperaban 14 horas (540 km!) en la Ruta 40 bajo un sol infernal y un viento que literalmente me tiraba al suelo si no me ponía al hombro mi mochilón de 20kg.

¡AL MAL TIEMPO, BUENA CARA!
Primero me recogió un currela de Direct TV que me sacó a la carretera principal, donde supuestamente tendría más posibilidades de que alguien me llevara en la dirección que quería. Después de esperar mas de una hora en la que pasaba un coche cada 10 minutos, me levantaron unos chicos que me acercaron hasta la salida de Río Mayo, otro pueblito pequeño que me pillaba de camino. Durante el camino la que más conversación me dio fue  Martina, una niña de unos 5 años que acababa de aprender a escribir y no paraba de ponerme a prueba preguntándome qué ponía en los indescifrables jeroglíficos que dibujaba sin que yo pudiera resolver ninguno de ellos por mucho empeño que le pusiera.
ARTE EN RIO MAYO

En una rotonda a las afueras de ese pueblo estuve otra hora y cuarto, más o menos, viendo pasar unos cuantos coches a cuyos conductores sin alma no les importaba que me estuviera asando bajo el sol patagónico hasta que de repente uno de ellos, que ya había pasado de largo frenó y dio la vuelta.
El conductor era un forofo de Boca Juniors que decidió recogerme al reconocer mi camiseta del Athletic. Me dijo que nunca hubiera levantado a un argentino y que gracias a mi remera supo que yo no lo era. Éste me llevó una media hora hasta un cruce donde se dividían nuestros caminos y no paró de hablar de fútbol en todo el camino e incluso quiso cambiarme la cami por la suya de Boca a lo que respondí negativamente diciendo que yo ya tenia una de su equipo en casa.

LA NADA
Esta vez sí que estaba en medio de la nada y con un viento muy violento que me llegó a asustar cuando vi que pasaba casi una hora y nadie paraba a por mi. En ese momento escuché un coche que venia por detrás de mi por fuera de la carretera y pegó un frenazo muy brusco. Cuando vi el coche "tuning" con todas las ventanas tintadas y la luna delantera reventada casi me cago de miedo pensando que venia a robarme o algo peor. El conductor se bajo del carro y como para tranquilizarme me dijo casi inmediatamente (y muy gratuitamente) que era ex-militar, lo cual no hizo que se calmaran del todo mis ánimos, pero aún así me subí, porque estar ahí fuera yo solo era bastante peor elección.

El ex-militar y ahora minero, después de hablar casi una hora de lo que odiaba a los camioneros chilenos y también a los que no eran camioneros, me dejó en su pueblo, Gobernador Costa donde tuve que estar con el dedo en alto casi 4 horas.

SANTUARIO DEL GAUCHITO GIL  
 Cuando empezó a bajar el sol y estaba a punto de darme por vencido y buscar algún otro "hospedaje" infernal paró un tipo joven que también me dijo que me recogió porque "no parecía argentino" y porque "parecía indefenso con el mochilón que llevaba".  Este estaba trabajando de comercial de moviles por la zona y después de parar en un par de tiendas por el camino, me ayudo a llegar hasta Esquel e incluso me acercó a la oficina de turismo y después me llevó hasta el hostal en el que por fin podía descansar tranquilo.

La Patagonia argentina es infinita y muy bonita, pero no es el lugar más recomendable para jurársela a ir a dedo. Eso sí, no creo que ese día se me vaya a olvidar facilmente.